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Saturday, December 3, 2016

Los lazos verdaderos no son de sangre sino de lealtades.

Un sábado como hoy, exactamente dos semanas atrás, estaba siendo llevada en ambulancia a un hospital por primera vez en mi vida. Una cantidad de personas vestidas con batas blancas gritando a mi alrededor, preguntándome qué me había pasado. Sin comprender si era un sueño o la realidad yo gritaba y lloraba, pero nadie parecía entender lo que intentaba decir. Miraba alrededor y el número de rostros desconocidos, con miradas lejanas y distraídas sólo aumentaba. ¿Qué estoy haciendo acá? Me preguntaba entre sollozos. Finalmente una enfermera al percatarse de que no estaba hablando en portugués me dijo que estaba en Curitiba, Brasil y que fui atropellada por un auto.

Antes de eso yo no sabía en qué país estaba, qué día era, o qué había pasado. Lo único que sabía era que quería verle a mi novio. Cadê meu noivo?! gritaba cuando al fin entendí que no tenía por qué hablar en español y mucho menos en inglés. Sentía un dolor inmenso en la pierna derecha, y cuando intentaron sacarme la camilla de madera en la que fui llevada desde la ambulancia grité del dolor. Me quedé acostada sobre esa camilla fría de madera, me llevaban a distintos lugares a hacerme estudios. Si esto fuese un rompecabezas creo que nunca lograría terminarlo, porque por algún motivo mi cerebro decidió no guardar casi ningún recuerdo del accidente. En mi mente, es como si fuese que nunca hubiese pasado, pero las marcas en el cuerpo me dicen lo contrario.

Después de lo que parecía ser una eternidad de moverme de aquí para allá, colocar anestesia, hacerme tomografías, radiografías, etcétera, finalmente vi una cara conocida. Mi amor. El que estuvo ahí en todo momento, el que presenció el accidente, el que intentó salvarme de la imprudencia de un individuo al volante, quién no vaciló para seguir acelerando después de tener mi cara en frente suyo destruyendo así el parabrisas de su auto. Una persona que en vez de parar y auxiliar a su víctima, se vistió de indiferencia y siguió su camino. Sin embargo, ahí llegaba mi ángel, con su mirada preocupada y su sonrisa de "todo va a estar bien". Me agarró de la mano y me besó suavemente en la frente. Tenerle cerca mío era absolutamente todo lo que quería y necesitaba en ese momento. Y en ese preciso momento entendí lo que significa amar a una persona en las buenas y en las malas.

Hoy, después de dos semanas de ese accidente, al fin aprendí una valiosa lección. Por más de que no entienda el por qué de ese accidente, y por qué, lastimosamente, pasaron tantas cosas que me sacaron muchas lágrimas este 2016, hay una cosa de la que nunca me tengo que olvidar. De agradecer. De agradecerle a Dios por haberme guardado y cuidado por sobre todas las cosas. De agradecerle a mi amor, mi familia, mi mayor bendición. Y de agradecerles a esos pocos pero valiosos amigos que estuvieron apoyándome en mis peores momentos. Ustedes saben quiénes son. Ustedes son los que marcan la diferencia en este mundo lleno de indiferencia.